Entrega

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En Febrero tuve el honor de compartir seis días con un hombre y su familia mientras se preparaban para entregarse, él, en prisión, tras haberse declarado culpable de un delito criminal. Fue una experiencia sumamente intensa, que me tocó mucho más profundamente de lo que había imaginado.

La última vez que viajé solo, dejé un sobre sellado para que mi esposa lo encuentre en caso de que algo llegara a ocurrirme. Aparte de la información usual de cuentas y claves, el aspecto más difícil de este acto fue agregar algo que tuviera algún significado a la nota. Y, en mi caso, debiera haber sido sencillo, pues yo sabía que, lo más probable era que estuviera de vuelta en una semana.

No puedo más que suponer lo que significa para un paciente “poner sus asuntos en orden” tras ser diagnosticado de alguna enfermedad terminal, pero cada día, en cada rincón del mundo, muchas personas se ven obligadas a hacer, justamente, eso, al enterarse, con certeza estremecedora, de que sus días están, en efecto, contados.

Sin embargo, ellas no son las únicas personas que realizan este ritual: tener que entregarse en una prisión presenta los mismos retos. Una sentencia, a fin de cuentas, es simplemente una sentencia, sin importar si es pronunciada por un Juez o por nuestros propios cuerpos. Y al principio, la mayoría de las sentencias se sienten similares: largas y, en muchos casos, como una pena capital. Este es uno de los cambios más rápidos y drásticos imaginables en la vida de una persona.

En un instante, la importancia vital de la libertad se torna dolorosamente evidente para todos los afectados: padres, cónyuges, hijos, amigos cercanos, y hacer enmiendas, atar cabos sueltos, se tornan en prioridades. También presente, está la certeza de que ciertos placeres serán disfrutados por última vez, todo esto acompañado por el fastidio de pensar “¿Qué se me está olvidando?”

Negación, ira, regateo, depresión y aceptación son emociones con las que estamos supuestos a lidiar durante el después. En este caso, no obstante, hay que lidiar con ellas también antes y durante. Como si eso no fuera suficientemente difícil, el “antes” se encuentra imposiblemente mezclado con un deber de celebrar el presente.

Por mucho tiempo, o para siempre, no habrán más besos de buenas noches, o despertarse en medio de la noche para ver a los niños, o preparar un bocadillo culposo, no más tareas locas del colegio en que ayudar, no más vacaciones.

La intensidad de la vida durante este tiempo surreal, entre la orden del Juez y la llegada a las rejas es asombrosa, y la única lección que puede sacarse de allí es cuán importante es, para la propia cordura, no saberlo todo acerca del futuro, ya sea que ese futuro esté a 50 años de distancia o apenas a una semana.

 

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